miércoles, 17 de julio de 2013

There is a light that never goes out

Creo que era en un bar en el Trópico, pero no sé cuál trópico. Yo tomaba cervezas con Morrisey, que hablaba animadamente sin que yo, debido a mi oído cansado y al rumor de las olas y a la estridencia de la música, entendiese una palabra. Siguiendo mi intuición, asentía y sonreía y volvía a asentir, hasta que, por un gesto microscópico tras sus gafas de pasta, noté que no procedía asentir; lo noté, lo notó y cambió de interlocutor. Después me concentré unos segundos. Seguro que fueron pocos segundos en los que pensé en los motivos que podría tener para encerrarme en una concha con vocación de desaparecer. 
Zarpó el barco que llevaba a Madame Zazie a una isla cercana, mientras mirábamos en silencio, algunos ya medio borrachos. Como en una novela de misterios, todos excepto quizás una persona de las sentadas alrededor de aquella mesa desnivelada y maltrecha con rastros de mil visitas, codos, gotas, ecos de uñas impacientes que repiquetean, se dedicaban a portarse de una manera. Las posturas, las sonrisas, las palabras medidas. 
Recuerdo que hablamos de esas películas de los años cincuenta en las que un personaje secundario dice lo que piensa desmedidamente, mientras los demás cumplen con el ritual de ser los personajes que están predestinados a ser. Es siempre un personaje secundario ridículo y vencido por la vida; ningún héroe se presta a derrumbarse ante las cámaras, ninguna heroína se arriesga a despeinarse y mostrar imprudente y ligeramente su arrogancia y su impertinencia. Quién querría ser ese monstruo del que quedaría tan solo un comentario enterrado en algún prólogo de una edición de bolsillo. 
No hubo respuesta. Cada cual se guardó para sí la que fuera su conjetura al respecto y preferimos saltar de las sillas e ir a lanzar piedritas planas a la orilla de la mar llana, a contar cuántas veces rebotaban y ver cómo temblaban las aguas y cambiaba el reflejo de la luna por nuestra causa. Alguien admitió que éramos importantes, que alterar la tranquilidad del mar y la impresión de la luna por nuestra obra y voluntad era trascendental. 
A esa hora todos estábamos lo suficientemente borrachos como para avenirnos con el personaje secundario, las damas descalzas y despeinadas, los héroes desamparados, Morrisey a lo lejos aullando, casi todos flotando en un fondo azul donde los símbolos danzan burlones y desnudos sin intención de significar nada.


viernes, 5 de julio de 2013

Annie la violinista


El diablo no me quiere ni muerta ni en la cárcel; se ve que le complace mantenerme en este mundo, enferma y desesperada. Y su juego es observarme caer y levantarme, deleitándose en mi humillación, frotándose las rojas manos ante la perspectiva de futuros desastres.

Ahora la sombra llega justo a la punta de mis pies y la blancura se esparce; avanza y se esparce. Es esa época en que la calle arde. 

El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen del mero reflejo.

El hombre al que llamaba Lagos tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso, ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.


*

Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire, que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de los muertos, en un lugar miserable, en un páramo desierto.

Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.

La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.

-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.

-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?

No me quedaré con ellos, pensé. Era yo entonces una juntacadáveres.

En el horizonte se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba curtido por el sol, cubierto del polvo amarillo del campo. De su cara gotas de sudor bajaban por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.

-Vamos al Sur, venimos del Cerro.

-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros. En la noche, solo los primeros.

-A Ella no la puede ni tocar el sol.

El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.

Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.






domingo, 16 de junio de 2013

Juan Rulfo (II)

Rulfo mató al hermano equivocado. 
Era difícil diferenciarlos. 
Llegaron en primavera. 
Montando un gran escándalo.
Arreglaron el piso de arriba 
a martillazos 
a base de gritos 
dolidos y desbocados.
Ambos tenían el mismo rostro 
desencajado.
Ojos salidos y huecos 
donde otros tienen pómulos marcados.
Uno tenía un pájaro extraño,
graznaba de la mañana a la noche
con un canto desvaído y desacompasado.
Gritos roncos de colores verdes y pardos.
El día amaneció cansado
de la noche de golpes lamentados.
Ya habrían colgado estantes y cuadros
de perros jugando al golf y gaviotas
torpes
se estaban ahogando.
El hermano soltó al pájaro.
Uno de ellos salió en su busca, 
llorando.

Sirenas- André Masson





lunes, 10 de junio de 2013

Juan Rulfo (I)

Yo tuve un perro al que llamé Juan Rulfo. Algunos compañeros de carrera se molestaron conmigo. Yo les decía que me encantaba el nombre, que le habría puesto ese nombre a mi espada, si medieval, a mi banda, si roquero, a mi hijo, si normal. Mas, aun así, se enfadaban; por eso, acortamos el nombre a Rulfo.
Rulfo fue un cachorro adorable y monísimo, pero probó la sangre y se volvió un asesino. Un buen día, cuando apesadumbrados nos dirigíamos a sacrificarlo tras el primer incidente violento, se nos escapó. Nosotros no pudimos hacer nada: nosotros habíamos hecho todo lo posible y ahora ya no era asunto nuestro. Dimos parte a la Guardia civil y nos retiramos a la casa sin dejar que la noche avanzase: la noche calurosa que sería recordada como la noche de los Seis Pies.
Los pies fueron apareciendo a lo largo de la polvorienta calzada que iba al Páramo negro y los recubría tal cantidad de restos que costó identificarlos como pies. No se echó de menos a nadie del pueblo ni se denunció desaparición alguna por los alrededores. En principio, se pensó en vagabundos y, después, en las prostitutas que, a veces, de paso a algún lugar más principal, recorrían el Arenal, casi siempre caminando. Rastrearon y nada más se halló: ni más partes de cuerpos ni pista alguna que condujera a una explicación. Hubo que esperar a las pruebas forenses para saber que eran los pies de cinco mujeres, pues solo un par de ellos eran de la misma mujer. Los detectives dijeron que eran personas de la misma familia en grado de consanguinidad uno. O sea, hermanas o madre e hijas. Aquello espantó a todos. Nada más dijo la policía y el misterio se instaló en el lugar y alimentó un miedo mudo.
Pasó el verano sin haber para nosotros una explicación de lo que hubiera ocurrido o de quiénes eran las mujeres muertas. Cinco miembros de una familia desaparecieron sin dejar más rastro que seis pies destrozados. Eso era todo. 
Nadie nos culpó directamente, pero había un silencio agobiante en el aire, en las miradas, en las paredes heladas a pesar del calor. Decidimos no hablar, dejar que pasara lo que tuviera que pasar, ajenos, ausentes, sabiendo que Rulfo nos amaba y que problemas más inmediatos y acuciantes dejarían en cierto olvido el episodio. Y así fue. Los días transcurrieron, la gente se preocupaba de sus asuntos y los niños armaban jaleo de las casas al hirviente descampado y vuelta a empezar.
Entonces, como si hubiera estado esperando aquella señal, apenas caída la primera hoja del álamo guzmán, reapareció Rulfo acompañando a un hombre de extraña vestimenta con el aspecto cansado de venir de muy lejos, ambos lentos y cubiertos de polvo negro. El forastero pasó por nuestra calle siguiendo al perro que se acercó a nuestra puerta y, según su costumbre, arañó suavemente para que saliésemos, moviendo su largo rabo y saludando amable como solo puede ser un perro. No nos resistimos a festejar, aunque tímidamente, la presencia de aquel ser querido, desentendidos de las miradas que atravesaban la calle y las manos que buscaban los teléfonos. Sin embargo, sin darnos más tiempo del necesario para comprobar que era él y que era real, siguió su camino junto al extraño y tomaron la calle de nuevo, enfilando, con todos nosotros y algunos otros detrás, hacia el cuartel de la Guardia civil, adonde entraron sin mirar atrás.
El parte que entregó el auxiliar al teniente y el teniente al juez y el juez compartió con los detectives venía a decir que Rulfo había atravesado medio país llevando una prenda reconocible por Abelardo García, cuya mujer e hijas habían salido de su casa con lo puesto en mitad de la noche unas semanas antes. Según su propio testimonio, el señor Abelardo García había tardado algún tiempo en comprender qué debía hacer y, por fin, había seguido al perro por campos y ciudades hasta llegar allí. Y allí estaba, esperando alguna respuesta, preguntándose si estaría loco por haber seguido a un perro bajo un sol inclemente y con agujeros en los zapatos y un presentimiento en la boca del estómago tan evidentes e incuestionables que el funcionario no pudo por más que explicarle lo acaecido hacía ya dos meses en nuestra pequeña localidad arrinconada entre el desierto y la nada.




domingo, 9 de junio de 2013

Kveikur

No podía recordar desde cuándo, cada domingo a las 8:30 de la mañana J.J. subía a su blog un capítulo de su novela. La historia se iba llenando de los deseos cumplidos de los pocos lectores; se iba escribiendo sola, usando a J.J. casi como un medium que, tras su ritual matutino de desayuno y baño, se sentara ante el ordenador y vaciara su cabeza, mientras sus manos golpeteaban las mullidas teclas, igual que las Ciudades Quemadas habían depositado su última esperanza en Finn. 
Solo faltaban un par de semanas: el capítulo final estaría listo antes del día más largo. Sin embargo, el sábado aún no se había escrito una palabra de esa última entrega. Una fiebre de origen desconocido había noqueado a J.J. justo después de que, el último domingo, Finn cayese en un letargo febril tras recibir la punzada del aguijón de un ser gigantesco. Fue un momento determinante en la historia: Finn era humano. Desde entonces, J.J. había tenido horribles pesadillas en las que monstruos salidos de sus libros lo perseguían hacia un abismo de fuego rojo. 
La fiebre remitió y, cuando, debilitado y aturdido, J.J. comprobó la fecha, cayó en un estado de bloqueo, incapaz de escribir un final para su libro. Finn se hallaba acorralado, enfermo y solo, la espalda contra la roca en una húmeda y oscura cueva de paredes cartilaginosas, rodeado de enemigos. Y J.J. se sentía exactamente como él. A las seis de la mañana, Finn había perdido un brazo y rogaba para que llegase, Deus ex machina, algún tipo de ayuda, pero lo único que veía era un parpadeo igual que el del cursor que desde la pantalla amenazaba a J.J. como el hipnótico tictac del reloj: una cuenta atrás. A las ocho, J.J. no había dado forma a un final heroico y con sentido. La angustia que sentía era indescriptible. Se tomó la temperatura: le había subido bruscamente la fiebre. Al cabo de un momento, se desmayó. 
El tiempo pasaba ajeno a todo lo que no fuese el juego del movimiento relativo e intangible, y Finn estaba solo, suspendido en la nada, existiendo de un modo onírico en la mente difusa de los lectores de J.J. y reclamaba no quedarse ahí, no permanecer así ni un minuto más. Probablemente rezó y seguramente gritó y a las 8:25 el cursor se movió. Alguien escribió: «Alzó la enorme pata hasta más arriba de la cabeza de Finn, que arrodillado y sangrando por la boca apretó con fuerza los dientes y cerró los ojos, con un miedo paralizador y auténtico en el que reconoció ese tan deseado ser humano...», pulsó enter y posó una mano húmeda y caliente sobre el rostro de J.J.

lunes, 20 de mayo de 2013

Mi propio personal infierno


No hace falta estar muerto para ir al Infierno. A veces, basta con abrir los ojos por la mañana y atravesar la membrana que te separa de los ríos de lava. Muchos ya habitan en un sitio que excede lo aterrador y cada día y cada noche se enfrentan solos a monstruos en tierras de horror. Algunos ni siquiera están seguros de tener tierra bajo sus pies y, confusos, ignoran lo que pisan, si agua, vapor o barro, sabiendo que las arenas movedizas son transporte a otro nivel de Lo Mismo, un lugar hecho a la medida de miedos aún desconocidos.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran como seres eternos los que debieran estar muertos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.

domingo, 19 de mayo de 2013

La escoba del sistema


La literatura debe mover montañas, crear montañas y moldearlas hasta formar algo que podría ser un mundo nuevo, que podría no serlo, que podría parecerlo o no parecerlo, pero que sin duda es. Si planos de ficción se mezclan, enredándose entre ellos, tensando las cuerdas, imbricándose los unos en los otros como planos tridimensionales que encajan como mamushkas, mientras algo como una música suena y desvela un secreto íntimo e inverosímil e inexactamente expresado por las notas que van calando los párpados, y aparece entre las sombras un contador de cuentos, se abre el telón y una historia comienza. Una línea se percibe cada vez más nítida en la estructura entretejida de miles de líneas. Una destaca, como si la corriente eléctrica fallara, como si la electricidad y el calor se concentrara por alguna razón en ella. Por alguna razón. Todo parte de una anomalía. Todo comienza por alguna razón desconocida, olvidada, escurridiza. Así de inespecífica y absurda es la vida. Ahora él está en el final de una historia de AMOR, la quiere acabar, la quiere dejar, la quiere cerrar... ¿Cómo deshacerse de Lenore? El amor de su vida, la mujer perfecta... ¿Cómo deshacerse de ella? Si ella se resiste a dejarse, si ella rehúsa ser un personaje, no se deja manipular... si le obsesiona ser un personaje hasta el punto de oponerse a todo. Y además él la hizo tan perfecta, tan deseable, tan inaccesible... 
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro). 
Y de fondo, un GOD (Grand Ohio Desert) que es el germen de la Concavidad (véase La broma infinita) que es la montaña creada por voluntad de un hombre, solo posible (¿o no?) si cedemos a la coyotización. Un GOD que simboliza la posibilidad del hombre de alterar el medio natural: expropiando, maquinando, creando el juego de las políticas fantasmales. Un desierto que ha de devolver el espíritu de Ohio a los aletargados y acomodados paisanos, ajenos ya a un pasado glorioso y heroico. Un GOD cuyo destino es, cómo no, ser algo turístico, comercial y blando, un centro lúdico atestado de turistas, excursionistas y autobuses, ridiculizado por la masa extremadamente rutinaria, mansa y complaciente. Absolutamente patético y, desde luego, lo contrario de siniestro. El sentido del humor de DFW.

Y Vlad el Empalador y la bisabuela y toda la teoría wittgenstiana como una metáfora útil sobre la teoría literaria y la circularidad del proceso y el eterno retorno como posibilidad de fondo, el proceso creativo y la autoconciencia de estar haciendo y ser ficción.... Y de nuevo Vlad hablando y repitiendo y hablando,...
Al fin, con el GOD como escenario la historia de AMOR se deja terminar. R.V. consigue acabar a Lenore, acabar a Lenore y a Lang juntos. En un último exceso, de regreso al edificio inverosímil donde la historia se había estancado, todo ocurre. Entre las sombras del edificio Erieview: una sombra densa, anómala, simbólica, extraña y omnipresente, una sombra que cada día barre toda la realidad del edificio Bombardini, a través de la que observa R.V., aparecido de la nada, ahí despidiéndose, observando, mientras todos los personajes insustanciales y una Lenore ya totalmente difusa, y un imposible cúmulo de situaciones absurdas van acabándose las unas a las otras, hasta sencillamente no estar. Ya no hay relato, ya no hay sistema que supere a los individuos. Todo se ha evaporado. Todo menos R.V. y una preciosa Mindy que parece más dispuesta a cooperar como personaje, una Mindy cuyas piernas brillan en la oscuridad, una Mindy que provoca el deseo y anuncia una recuperación de la hombría de R.V., una Mindy a la que R.V. promete "contarlo" pues es un hombre de... ¿palabra(s)? 


sábado, 11 de mayo de 2013

Sion Sono: Cold Fish


Se lo pone difícil la imaginación de los límites al triste mundo de la ONAN[i] y sus países satélite y culturalmente afines. Por aquí, hace tiempo que todos lo hacen todo con una conciencia absoluta de estar en la plaza pública donde cada quien que asoma juzga al vecino de manera implacable, y como si de ese juicio dependiese la continuidad de la especie. Esa es la principal causa de que vivamos una gran mentira y de que para soportar mirarnos al espejo tengamos una violenta necesidad de algún tipo de droga que puede ser trabajo, sexo, chocolate o solo un poco de ginebra barata. Adictos a razones, al orden, al desorden, a una sensación de control, a una sensación de libertad, a una sensación placentera, a una máquina tragaperras, a una o varias putas bien formadas.
En este mundo habitado por vegetales que se esconden de la luz, solo unos pocos logran hacer algo que da igual y al mismo tiempo se salva. Algunos que no piensan que estar en un mundo-espectáculo es una presión añadida a la mera falta de ganas, a la barriga llena, a la acumulación y el despilfarro; y se resisten a hacer cosas solo porque te las van a pagar y entonces idearlas de manera que gusten a la masa, que normalmente es de un previsible que da náuseas.
La historia de Cold fish venía hecha. Estaba dada por cómo son las cosas pues esta historia ya ha pasado. Contarla sin piedad era más difícil. Y Sion Sonno ya abundó (Guilty of love) en la sutil necesidad de algunas mujeres de ser libres a través de la sexualidad, de estar confusas entre el fingimiento y la sumisión y el loco deseo de romper todos los papeles que se le han asignado. Y es posible que sea un asunto cultural de determinadas coordenadas pero la contención y la decencia, la fórmula del ser bueno y actuar según los cánones de lo que una conciencia colectiva aprueba está tan viva aquí como en cualquier lugar. Y esas ellas pueden ser el detonante de toda la violencia con la que un desdichado como Syamoto salpica y mancha de sangre la pantalla.
Así, del choque entre un hombre naturalmente bondadoso, presuntamente leal y cuerdamente débil y un hombre que ha traspasado todos los límites en pos de la satisfacción de sus deseos más animales nace el verdadero mal. Si el viudo que briega con la hija adolescente, mimada y descerebrada; si el viudo que confía en el amor de la joven sucesora de su esposa muerta y vive como todo el mundo y es tan normal que su vida no tiene mácula ni tan siquiera cuando sueña; si este viudo, digo, duerme y tiene pesadillas, sus pesadillas nunca serán tan terribles como su propia estela al traspasar el espejo donde asiste a la ruptura con la creencia de dónde empiezan y acaban sus propios límites.
Los hombres somos un saco medio vacío que se va llenando de arroz, declaraciones de la renta y películas, de noches de teleseries y paseos por el parque con hijos en carrito. Un saco que en el fondo alberga algo que el propio hombre desconoce, un poso de deseos incontrolados, de orgullo y de arrogancia que, dependiendo de quién, está más o menos contenida. Y si ese poso se adereza con la visión inesperada de una realidad infernal que puede ser una masacre, un atropello o los capítulos inenarrables de una guerra, si ese poso es removido con la cuchara de la crueldad o con un enorme palo de metal y reflejos de sangre y corrupción y trozos de la propia miseria, ese poso se eleva, sale del saco, lo llena, lo colma y resbala en forma de espuma de cerveza, ese poso lo es todo, es un veneno alado, es el hombre que golpea e incendia y la mujer que se prostituye, corrompe y muere o mata, y es la madre o la hija de los desesperados suicidas que, ante el espectáculo grotesco, se sacuden el polvo y siguen como si nada.






[i] Véase La broma infinita (David Foster Wallace).

viernes, 10 de mayo de 2013

El cartero siempre llama dos veces


El cartero llamó dos veces; la señora le abrió con la bata de flores de la talla 46 semidesabrochada.

Tengo que decirlo, se expresó pomposamente el pulcro funcionario, con acento cordobés fino. —Sé que resultará antipático, antipopular y habrá quien lo sienta una pedantería, una insolencia o una obviedad.

La señora se echó en el marco de la puerta que sufrió su peso con un crujido, sacó del bolsillo de la bata un paquete de Marlboro light y encendió un cigarrillo, soplando profusamente una bocanada de humo que pareció interminable.

Enormes pulmones, dijo gentil el cartero.

Gracias, pero prosiga; no alarguemos esto más de lo necesario.

Y el cartero siguió:
»No hace tanto, unos cuantos meses, el pueblo soberano se pronunció. Todos más o menos aseados fuimos a los colegios electorales, tomamos unas papeletas, las metimos en unos sobres y las hicimos penetrar con la dignidad y el protocolo que el evento requería en unas urnas de cristal. Muchos, y lo sé bien, votaron por correo. Y así se gestó un gesto de aplauso popular y cuasi unánime que dio como resultado una mayoría absoluta a uno de los grupos políticos que a esas elecciones se presentaron. En términos del Servicio de Correspondencia Anarquista Español: dimos carta blanca a unos tipos con unas ideologías y unas maneras reconocidas y conocidas, con un plan discretamente confuso, explicado con verbo obtuso y contundente, y, a lo que parece, convincente.

»Y así se escribe la historia... Apenas pasan dos años y la gente anda loca de apretarse el cinturón, protestando, con los sueldos mermados y los nervios a flor de piel, las televisiones aconsejan rezar y nuestros atractivos gobernantes se ven deslumbrantes en sus perfumes, sus bótox, sus pedicuras, sus cargos de asesores y su discreta adicción a los sobres. Turbado compruebo cada día que nadie reconoce que les votara, ergo esto no ha pasado ni está pasando: estamos todos bajo los efectos de unas emisiones tóxicas de aquellas fugas radiactivas de hace nada y que tan lejos en el imaginario popular quedaran.

»Y yo, como cartero funcionario acreditado con más de veinte años de servicio a mis espaldas, ante usted, oronda y prometedora señora, a la que he traído lo que probablemente será una carta de desahucio certificada, pregunto: "¿Qué hacemos? ¿Follamos?".

Vintage Victory



domingo, 5 de mayo de 2013

La historia de los otros

         Yo, señor, no soy malo; no me siento responsable de los cadáveres que abandoné al borde del camino, las mujeres que tuve que dejar atrás, los hijos que no conocí, los amigos a los que olvidé... El camino se abría ante mí y el ansia de avanzar era más fuerte que mi natural deseo de pertenecer. Yo, como el agua, he sido parte de una corriente que se aleja incontenible en busca de algún mar. Navegué en pos de una vida, una que fuese mía, una que fuese real, señor. Ahora usted me pide cuentas. Es su deber, su misión siquier. Yo entiendo esa labor que usted encabeza. Aquellos que fueron “míos” son mi responsabilidad, según algún canon tan bueno como otro que hubiera sido admitido por una comunidad. Pero, señor, ¿qué me dice del criterio individual, del hombre que asume su deuda consigo, su soledad y su imperiosa necesidad de avanzar? ¿Qué me dice del albedrío de ellas y del albedrío de los que me avalaron conociendo mi naturaleza? ¿A qué viene, pues, señor, este ajuste de cuentas, cuando solo pretendo regresar para acabar mi periplo en la casa donde nací, donde la marea me ha traído de vuelta? ¿Es que acaso habría de pasar el resto de mis días en una celda, visitado por viudas y huérfanos desconocidos que, a modo de ofrenda, traerían un arsenal de documentos inextricables que yo habría de rubricar? Yo, señor, que jamás tuve firma, sello o señal, que no puedo ni quiero formar parte de la historia de los otros.



Golconda-Magritte


El seductor-Magritte